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viernes, 6 de septiembre de 2013

LA BUSQUEDA DE EL OTRO O EL BANDIDO FRENTE AL ESPEJO



(lectura de las memorias “Suburbio de perros y lobos” de Silvio Reyes Heras)

Por James Martínez Torres
Murieron en el viaje. /se quedaron sucios/ en plena calle/
No cruzaron al otro lado/.
nadan recuerdos en mis lagunas mentales, / por una dosis/ alguien cambia/ la silla de ruedas de su invalidez/.
vendo mis zapatos/ consumo a mis hijos/
traigo/ el cerebro lleno de humo/ y humo están hechas mis esperanzas.
por qué no escribe un libro sobre la adicción?/ buen chico, pudo ser alguien./
cómo mamá?/atendiendo a los drogados en esta cantina de vómitos y pobreza?
(……….)
Paranoia./amiga, ya no quiero viajar
/ y….../ ¿Cuántos años tengo ahora, mamá?
Pedro Gil, 17 puñaladas no son nada (Antología personal)


                                                                                             
1. No hay ni habrá cuartel en la lucha entre margen y las instituciones. El margen habla desde su bello porte bizarro, desde sus cicatrices y el centro, los poderes  médicos, morales, educativos, policiales, se ven menoscabados ante una palabra que no aspira decir la verdad, pero cuyos ecos traen vibraciones extrañas, murmullos que cuestionan nuestras propias omisiones y necedades y refinados egoísmos. Tales advertencias quieren marcar un escenario provisional para hablar de SUBURBIO DE PERROS Y LOBOS, memorias de Silvio Reyes Eras, nacido en Cochas, perdido sitio del cantón Pucará, Azuay, y crecido en las calles de Machala.
La memoria es un género literario, donde el YO narrador exhibe su soberanía y despliega su autobiografía, pero que en su fruición egocéntrica procura tejer un mundo, versiones individuales, contrastar anécdotas y experiencias, pensar en voz alta y pensarse en su propia empresa, acaso para iluminar el presente. Al respecto Cecilia Inés Luque, decía
Las memorias enhebran una serie de eventos o anécdotas –ni totalmente factuales ni totalmente ficticias- que han llegado al conocimiento del que las cuenta ya sea por experiencia personal o mediante su acceso a ciertas fuentes de información. Con ellas se busca iluminar una época como trazar la propia autobiografía. (2001: 183)
2.Pero, en el caso de SUBURBIO…tenemos que se habla desde UN YO COMPLEJO en su agitada trama de experiencias marcadas por el riesgo, la violencia y la auto flagelación; sus pulsiones atávicas marcan el sello de los relatos,bajo la sombra de los ancestros, sus mitos y su refranero; aquí encontramos la búsqueda de una subjetividad, entre el aniquilamiento y la lucidez que solo se salva por la escritura. Un YO complejo, que narra con densidad, sinceridad y acertado (intuitivo, visceral) sentido narrativo,no contaminado con el estatus  ilustrado, un yo que oscila entre la nostalgia del abrazo materno y la búsqueda imposible del sentido de la vida. Tales rasgos constituyen las condiciones de una “sanidad” síquica, finalmente resuelta en el vómito de estas memorias, no exentas de densidad, de rigor reflexivo, de una latencia que reclama y proclama de frente o con disfraces la presencia de EL OTRO: prójimo o prójima, madre amigo hermano mujer, bandido o bienintencionado, sano o enfermo, ladrón y drogo o ciudadano útil.
Este descenso a los infiernos, guiado por el perro de la resistencia a la aniquilación final, ha tenido su recompensa, auto-otorgada, gracias a una final reflexión que elige reconocer el sin sentido de la vida como adversario con quien lidiar, desde una perspectiva  de drogo y bandido (perturbado por la carencia, sudando frío, dándose contra la pared) que no necesitó de psicólogos o clínicas de rehabilitación para regalarse un lugar en el mundo, y se sanó por la escritura de las memorias y la aceptación del ahora como desafío, con una sonrisa de condescendencia o amarga ironía.
3. EL PUNTO DE VISTA de la voz que narra y el ojo que se mira y mira el mundo en SUBURBIO….., es básicamente contradictorio, descaradamente ambiguo. Habla de sus YOES desde una conciencia escindida que no deja de juzgarse como tal: “…yo era todo nada más en sueños de cenizas y humo, más en la realidad y era igual o peor…..Vivía en dos dimensiones (pero son más, JM): ora era el niño sobre la yegua; ora el niño con la funda de caramelos; ora el niño durmiendo sobre el regazo de su madre fantástica; ora el niño rechazado por su madre real; ora el niño durmiendo sobre la vereda, ora el niño bandolero; el niño de los cuentos encantados de mi pueblo; ora el niño perdido que nadie buscaba y que esperaba que lo busquen..” (P. 135) Y en otra parte: “Pero es la ley del mundo, ser fuerte por un lado, débil por el otro. Consigues odio o amor…eres o no eres.” (p.137).
4. RAZÓN MÉDICA CONTRA REBELDÍA. En estas Memorias hay un volumen de argumentos rudimentarios pero determinados por la necedad suicida del bandido que habla desde una inteligencia social no cultivada, que desconfía de los poderes médicos y correctivos del delincuente juvenil. “Uno  se resiste, -dice- conscientemente, a aceptar la realidad del sicólogo, pues uno está acostumbrado a hacer las cosas que le plazcan y ellos vienen a imponer…No deberían olvidar que nosotros tenemos activado un mecanismo de defensa violento y no es con violencia de palabras como se pueda perforar ese mecanismo….Nos bajaban la moral…. (p. 160)…YO en el transcurso de haber vivido el inframundo, desarrollé defensas como la violencia, la mentira, la extorsión, la fantasía. En el momento que escuchaba “ladrón” y luego “eres grande” automáticamente activaba mis defensas….o simplemente decía  lo que ellos no querían escuchar, porque ellos quieren escuchar la mentira, por ejemplo, “Tiene razón” o “Voy a cambiar”. Yo prefería seguir la fantasía a mis anchas…Mientras los demás decían la verdad de labios (para afuera)...yo  decía la verdad de mis sentimientos” (p. 161).
Aquí descubrimos un mecanismo intuitivo, dotado de voluntad de resistencia, que niega los procedimientos seudo- médicos que  administran cuerpos y siques, en nombre de la salud y las buenas costumbres; una perversa estrategia que ataca la conducta y el síntoma, simulando autoridad, que no duda en trabajar el sentimiento de culpa, a veces a golpes de biblia, atormentando neuronas para producir una falsa recuperación, domesticando el instinto destructivo y auto destructivo, pero solo hasta nuevas crisis, energías reprimidas que solo podrá canalizar la satisfacción del trabajo y la creación, el re-conocimiento de sí mismo, y el amor de los demás. 
5. PENSAR LA ESCRITURA. Las memorias que comentamos responden a una meditada u cuestionada labor de revisión del acto de escribir, orientada al público, a la recepción, comprendiendo la diferencia  entre el tiempo del relato y el tiempo de la escritura, incluso  la variación de perspectiva del narrador para juzgar los hechos, lo cual revela un acto de precoz madurez, que se interesa en las consecuencias delacto de escribir como practica que deja huellas. Al final nos enteramos que el autor entrevistó formalmente a sus mayores para acumular información sobre su infancia y transparentar su recuerdo, en una operación investigativa “etnográfica”  que prefiero llamar emergente, para mantener fresco el espíritu de estas Memorias. Así tenemos este párrafo: (“SI ahora escribo esto, es porque he tenido duros momentos de meditación para entender aquellos días y confieso que NI YO MISMO puedo descifran lo que sentía….”) (P. 158)
6.  LOS ZAPATOS DEL BANDIDO Y LA DISTANCIA NARRATIVA: Nadie puede pedir una “estética” en estas Memorias. Aunque han ayudado a producir una, del delito y la abyección, la obra de un Jean Genet sobre todo en Diario de ladrón, la de Charles Bukowski y entre nosotros la poesía de Pedro Gil: productos ejemplares de cómo se puede levantar, desde estas experiencias, una poética con toda la dignidad en que se juntan la vida y la escritura.Hablo un producto “bárbaro” respecto a las prácticas académicas y de ahí suinvoluntario impacto “subversivo”. Aquí, el estilo no solo se modula desde las lecturas sino desde la actitud para contar, marcada por la emoción, el vínculo con el tiempo real que regresa  y una vocación para escribir que el mismo autor confiesa haber sentido como impulso, en sus momentos críticos.

NO voy a recrearme sobre la vivencia del lumpen, del bandido, sus códigos secretos, su instinto destructivo y auto destructivo, su misterio, que en fin de cuentas, reflejan los abismos de toda sique humana…Pero hay en el libro que comentamos “momentos narrativos” claves, que podríamos calificar de literarios, que podrían envidiar (y parodiar) nuestros escritoresprofesionales, momentos que arman el relato de un buen “thriller”,  y que resultaríanimposibles cuando faltan los datos de la vida y el oficio de escribir no basta:
“Pero la calma estaba de paso y tan apurada, que nos dejó. El chillido de una voz y un tiro, a correr. Nos metimos en una casa abandonada, hubo un silencio, como si el enardecido populacho ya se hubiera ido. Salimos a la calle,….uno que otro nos miraba. Íbamos tranquilos caminando, los tres, hombro con hombro.
Pero faltaba el final. ….el guardia que nos venía siguiendo, ¡cataplúm! A quemarropa. Corrimos pero Pescuezo se quedó o se había quedado. Era todo tan rápido que el universo era yo. Nos lanzamos a otro solar vacío y nos agazapamos. Pescuezo caminaba como desorientado y al fin lo pude ver con claridad. Caminó despacio, aún con el revolver en la mano. Yo creo que él tampoco sabía que llevaba el arma; caminó despacio y sólo cuando se volteó para tocar la puerta de una casa le vi la mancha de sangre en la espalda. Habló con una señora de no sé qué, cobró frente, caminó hasta un poste de luz y se sentó para no levantarse más nunca. El guardia salió campante por la puerta de otra casa, con la repetidora a la espalda, hasta parecía silbar. Se acercó hasta Pescuezo con una sonrisa de satisfacción, la de un cazador acercándose a su presa. Le quitó el revólver y se marchó.” (p. 109).
7. SABERES DE VARIOS MUNDOS. La obra reúne los saberes ancestrales, campesinos, con toda su mezcla de paganismo católico y filosofía popular, con dichos y refranes, por un lado, y las prácticas y creencias supersticiosas del bandidaje orense de la parte suburbana y porteña de Machala: de ahí que la densidad de estas memorias no es solo narrativa sino cultural, producto de una memoria frenéticamente fiel. “Tú naciste de patas -le decía su abuela - es por eso que eres andariego, jamás te estarás quieto en un solo sitio. Eso te hará infeliz. Buscas lo que no has guardado” (p. 16). Y después:  “Cuando era niño le tenía miedo a los muertos y a la soledad y a los cinco o seis años  alguien me hizo tocar uno y desdeallí nunca he vuelto a temerles; tampoco a la soledad; desde entonces he hablado con muertos, con mi abuelo, con mi tía, mi tío,…luego vinieron mis amigos muertos” (p. 19).
Y más adelante: “Recuerdo que aquel día llevaba un rosario fosforescente colgado del cuello. Mientras corría lo apreté fuerte, mentalmente dije “Dios te salve María llena eres de gracia, el señor es contigo….” (p. 107). “….el negrose había hecho abrir el pellejo del pecho e incrustado un crucifijo patas arriba; otro crucifijo, un poco más grande, atado de cintas negras, patas arriba, lo guardaba en la cintura junto a una colt 45 y jamás aflojaba la empuñadura.” (p.129). O, “No es que no supiera que robar y matar era malo, pues con mi  abuela había aprendido (aunque es contradictorio) y en el catecismo me enseñaron todo eso; ya sea por costumbre o por espiritualismo eso se conservaba en mí.” (p. 155).

8. LOS DIAS BUENOS. El narrador repite incesantemente los momentos negativos claves  de su azorada existencia, que giran alrededor de una madre fría y la extrañada necesidad de abrazos de un niño bandido pero desvalido, eternamente posando, maltratado, en casas de tías y abuelas y con la terrible sensación del rechazo. ¿Estrategia de máscaras, dramatización para no ser castigado, auto compadecimiento de bandido, reclamo de protección, qué mismo?
Hay una sucesión de momentos y expectativas en que el amor y la solidaridad (aún entre ladrones y asesinos) se expresa, otorgándole al rostro siniestro y sufridor del relato una luminosidad acaso no reconocida por el mismo narrador en el recuento de su vida: “Yo tenía el rostro manchado de sangre. La novia de mi amigo me quería mucho (…) me limpió el rostro. (p.238). “(salido del correccional) “yo con los pensamientos de la llegada a los Sauces. Iluso, aún pensaba en la  gloria de las drogas. Me imaginaba los abrazos que me darían Donald, Muñeco,  la esposa de Panamo…” (p. 173). “(en el juego de amigo secreto, con un grupo católico) Rosita me había comprado un par de medias Tommy. Esas medias las guardé como un tesoro. Luego me alejé del grupo juvenil” (p.165). (Don Celso López). Pasó a ser para mí uno de mis Aristóteles, aunque no le fue fácil llegar a mí, pero tuvo paciencia, pues está hecho de amor y paciencia hacia los niños tristes.” (p. 162). “MI abuela (el día de mi primera comunión) me compró en los pulgueros que subían de ves en cuando al pueblo, una camisa blanca mangas largas, un pantalón negro de tela, y un pantalón negro de tela. Yo me puse muy feliz, pues primera vez que me compraban una ropa especialmente para mí (…) En mi pecho no cabía de felicidad “(p.157).

EPILOGO (provisional).
Hay un niño lavándose en el agua transparente de una quebrada las llagas de quemaduras en sus piernas.Es una visión simbólica repetida en la narración, que apela al dolor de la infancia. Es el niño violentado por la urbe, entre gomeros agresivos y que después llegó al infierno de las casas suburbanas, donde drogos y perseguidos vivían el infra mundo, la sobre muerte……
Hay un joven ya lavado (provisionalmente) de tormentas interiores y dudas paralizantes, que ha llegado por voluntad propia a la difícil lucidez, sin dejar de desconfiar de un mundo que se resiste, aceptando el asombro de vivir, la experiencia de  la lectura y la escritura, para lidiar con  los fantasmas que nos acosan y neutralizar el caos.
Y el niño que se lavaba las heridas espera, Silvio, para que le cuentescuentos nuevos y regalarte una sonrisa limpia, porque te busca, y ha venido a la ciudad para encontrarte.

Guayaquil, agosto 9/2013


Presentación del libro en el "Centro Cultural Simón Bolìvar", del Museo Antropológico de Arte Contemporáneo, Guayaquil. Silvio Reyes Hera, Viviana Ruiz y James Martínez.

sábado, 5 de febrero de 2011

Suburbio de Perros y Lobos

Novela
Silvio Reyes Heras

Hay veces que la gente quieren saber más de lo que uno se les puede decir o a veces sólo quieren saber lo necesario; cualquiera de las dos circunstancias a mí me han parecido demasiado. Se me hace difícil decir algo de mí. No sé por dónde empezar o cómo empezar.
Todos quieren saber quién fue uno de niño, las experiencias con los padres, dónde están ellos ahora, los hermanos, el por qué de eso… Todo eso sería fácil hablar con personas de iguales circunstancias, pero hablar de eso con personas cuyas vidas parecen ser un polo opuesto al de uno no es sencillo, y ser interrogado aún peor; pues ellos no lo entienden tan fácil como uno entiende su mundo; porque al fin y al cabo fue de allí de donde descendimos al inframundo; pero ellos apenas conocen el nuestro y se les dificulta aceptarnos con nuestro silencio, con nuestras evasivas, hermetismo y timidez.
Cuando intentamos explicarles algo, en vez de cesar las interrogantes aumentan y a veces ya no como simple curiosidad, sino con cierto juzgamiento: ¿Quieres decir que disparaste a gente? ¿Acuchillaste? ¿Robaste? ¿Viste cómo se mataban entre ellos? Quieren socavar los cimientos de nuestro pasado; a veces, una vez socavado esos cimientos, nos abandonan. Eso no me había afectado, hasta hace un tiempo atrás. Pero mientras transcurro en la tercera fase de esta vida, tengo que enfrentarme a personas que realmente están muy lejos de saber por qué uno calla frente a ellos, pues es simple: nada tuvimos de común con ellos en el pasado. Pero esto no basta.
A veces hablar de uno mismo se vuelve una odisea.
Es fácil verlos hablar entre ellos, pues en el trascurso de sus vidas compartieron algo en común: fueron a escuelas, colegios, universidades, trabajaron en empresas, tuvieron novios, novias, han saboreado los mismos platillos u otros, de los cuales pueden debatir gastronómicamente; viajaron, conocen perfumes… Uno, ignorante de todo eso, no hace más que escuchar con perplejidad, como si estuvieran hablando de un mundo fantástico.
Es por eso que yo he tenido que alejarme de muchas personas que no cesan de preguntar: ¿Y tus padres? ¿Tus hermanos? ¿De dónde eres? ¿Dónde te criaste? ¿Por qué no me dices que me amas? ¿Por qué no me hablas de ti? ¿Qué planes tienes para el futuro? ¡Quiero conocer a tus padres! ¿Dónde vives? ¿Por qué no los visitas? ¿Por qué no los llamas? ¿…? Me gustaría tener la fuerza y responder a cada pregunta, sin antes preguntarme ¿acaso no es duro recordarme a mí mismo de niño? Y es mejor suprimir ese recuerdo, si acaso el recuerdo mismo no es volver allí, donde no quiero estar.
Pero he tomado fuerza y escribiré una parte de mi vida para algunas personas, de las cuales me he visto influenciado; personas que no me gustaría perderlas y también para otras personas, a las cuales siento que les debo algo; que algo de ellos me sustraje, y que la única manera de devolverles es poniéndome en confidencia; para que así no me juzguen o me critiquen, sino más bien me acepten o al menos me disculpen.
No quiero ser un ejemplo para aquellos que aún están dentro del ula ula, pero sí que tomen en cuenta algo: que cuando piensan que no se puede es cuando más se puede; cuando uno cree y quiere morir allí, es cuando menos se quiere morir allí: en ese mundo tan sangriento.
Dicen que la felicidad se ve mejor desde la tristeza; pero no nos quedemos con el dicen, no nos quedemos con el mito, lleguemos a ella y comprobémoslo.
Pediré disculpas por los momentos de mi pasado que omita, conscientemente algunos e inconscientemente otros. También pediré disculpas a mi hermano Leonardo Reyes, por si se siente ofendido o molesto por lo que escriba sobre mi madre, sobre mis hermanos, sobre mi familia; no quiero ofender ni llamar la atención a nadie; ni mucho menos evocar un reclamo a los que se interpusieron para bien o para mal en mi camino.
Será entendible si alguno de ustedes me ve como a un ser perverso, si me ven como un ser materialista. Será entendible si usted, Leonardo, no me quiere volver a hablar. Pero pienso que escribir sobre lo que me sucedió será como vomitar algo que llevo dentro de mí y que me está haciendo daño, pienso que me alivianará mi psiquis; pues al visitar a mi madre, a pesar de que no fue como yo esperaba, a pesar que frente a ella siento cierto asco, no de lo físico sino de lo fría que se muestra ante mí; pero, sin embargo, me fue de mucha ayuda. Cualquier reacción de ustedes hacía mí es comprensible y entendible; aún si piensan en alejarse de mí lo entenderé, al fin y al cabo para eso me he preparado desde siempre.
Lo que voy a escribir no tiene el sentido de justificar mi actitud o mis acciones de ese entonces, ni las de ahora; ni mucho menos escudarme tras el pretexto de mis padres o el pretexto de las circunstancias; esa fue la vida que me tocó vivir; esa fue mi vida, mi niñez, mi infancia, mi adolescencia; buena o mala, fue mi vida. Confieso que hay cosas que aún hoy me duelen haber hecho o que me haya hecho, cosas que roen lo que muchos llamarían días buenos. A pesar de mis heridas profundas que sanan con lentitud, heridas que me recuerdan que estuve allí y que ahora, entre el eco de mis recuerdos, entre la telaraña de sueños e ilusiones, hay cosas de las que no me arrepiento haber sido o hecho.
Tratándose de amigos los que van a leer escribiré la verdad de aquellos momentos, cómo pensaba, cómo actuaba con mis víctimas, cómo era, qué hacía (no quién era, porque ni aún hora sé quién soy, ni adónde voy. Ahora más que nunca me siento perdido, extraviado, entre dos mundos; dos mundos de los cuales huyo, pero los dos me cierran con sus cercos de lo incierto); trataré, en lo posible, de no ironizar.
La vida de las personas como yo tienen varios perfiles, varios frentes. Varios puntos de los cuales ver, pensar, analizar, estudiar quizá. Yo escribiré y profundizaré cómo empecé a caminar por el laberinto, cómo viví en el centro del laberinto, y lo más difícil para los drogos: cómo salí de la cumbiamba que le juega la desesperación; porque para mí fue más fácil encaminarme hacía el centro del laberinto que hacía la salida.
Habrá partes de la narración que no se lleve minuciosamente en orden cronológico; pero generalmente sí. Pues me es muy difícil recordar con exactitud lo sucedido; pues uno tenía muchos percances y altercados cada día, es por eso que escribiré los altercados más sobresalientes, más marcadores de mi vida; no escribiré esas cosas simples que sucedían a cada hora, ni nombraré a personas que apenas participaron en una relación amorosa o apenas compartimos un robo o una noche de consumo, tampoco citaré barrios o ciudades en los que apenas sucedió una pelea simple o un asalto sin percances. Porque de escribir todo eso los recuerdos y la escritura se tornarían difíciles de entender.


EN EL PRINCIPIO
Yo nací en un remoto lugar del Ecuador, lugar que ni siquiera aparece en los mapas, y si aparece no nombra con exactitud las comunas asentadas en medía montaña; aparece con un nombre global: Pucará.
Este remoto lugar, casi una fantasía en mi memoria, de unas veinte casas de palo redondo, techo de cade, con intervalo de unos tres kilómetros cada casa; con excepción de las casas de mis abuelos maternos y tíos, que son alrededor de unas cinco casas, con el intervalo de una hectárea de pasto cada una.
Entre esas siete casas, resaltadas y distinguidas de las demás casas distantes, con el nombre de Cochas, nací yo un 8 de julio de 1986; no sé si de día o de noche, no sé si en una cama o en el monte; pero según cuentan tengo un hermano que nació en una laguna, en la montaña, mientras mi madre cuidaba el ganado. Bueno, eso ya no sé, pues en ese entonces ya no vivía con ellos.
Cabe resaltar que todos, bueno, casi todos los habitantes del perdido terruño, se unen por un lazo de sangre: primos, hermano, tíos, sobrinos; casados entre sí que, al final, la esposa, en una mezcla de genes, termina sido la hermana de su esposo, la madre tía-mamá. También están unidos por un lazo más fuerte todavía: el aguardiente de caña, que constituye otro de los cordones umbilicales que no se corta jamás de la placenta de estas tierras; beber es sinónimo de ser hombre.
Esta gente (mis parientes), está perdida de la sociedad actual, del mundo cibernético; como lejos están de la medicina actual-tecnológica. No hay centros asistenciales de salud, el lugar más cercano para una intervención médica es Cuenca: a unas diez horas de camino a pie, con el enfermo en una camilla improvisada, llamada chacana, hasta llegar a Pucará, donde se puede coger carro de turno o fletar alguna camioneta, de allí unas cuatro horas hasta Cuenca, y si el enfermo aún vive es posible intervenirlo, si no toca llevar el cadáver de regreso por el camino andado (porque eso sí, su muerto no lo dejan por nada del mundo, porque para supersticiosos ¿quién como ellos?). Es por eso que en Cochas aún perduran los remedios caseros; los partos, en algunos casos, se llevaban a cabo con partera; es posible que yo haya nacido en las manos de una partera, o es posible que mi madre haya pujado sola. Solía decir mi abuela materna que yo nací “de patas”, no como todos los niños, que nacen de cabeza, y que eso era sinónimo de que jamás me estaría quieto en un sólo lado. Y no es que mi abuela haya presenciado mi nacimiento, sino que ella, criada y desarrollada en medio de las supersticiones, definía mi comportamiento con los mitos arcaicos: “Tú naciste de patas, es por eso que eres andariego, jamás te estarás quieto en un sólo sitio. Eso te hará infeliz. ¡Buscas lo que no has guardado!” me decía.
Cuentan que, mucho tiempo atrás, un niño apareció por estas tierras; sin padres, sin patria y tal vez hasta sin Dios. Ese niño, años después, sería mi abuelo Jacinto Octavio Reyes Márquez. Sus hijos fueron codiciados y disputados por los padres de las muchachas de esos lugares; cuentan que incluso él mismo era codiciado por las mujeres de por allí. No sé qué tan cierto sea, pero por ahí corre el rumor de que tengo más tíos sin el apellido Reyes, pero con la sangre de mi abuelo. No sé si por el apellido o porque eran gente dedicada al trabajo o por ser un único extraño en ese terruño, un forastero, como dicen allí; siempre tengo esa duda. Mi abuelo materno, uno de los terratenientes de esa tierra perdida, Julio Heras, casó a mi madre y a mi tía Rufina con dos de ellos: Saúl y Simón Bolívar Reyes Barzallo; el primero es mi tío y el segundo es mi padre, ya sea porque la obligaron a mi madre o por el apellido codiciado, o por lo que fuera. Yo tuve suerte por ese lado; nací de dos extraños, no como muchos de mis primos, que para sus padres son hijos-sobrinos-primos, sin saberlo y lo peor sin quererlo, porque ni los padres escogen los hijos y ni los hijos los padres.
Como ya dije, mi vida, como la de muchos otros como yo, tiene varios frentes, varios rostros o máscaras que enfocan la perplejidad de un destino unido al mundo de las sombras.
No es de mi vida total de la que les quiero hablar, eso será en otro momento, en otro tiempo, si nos queda alguno. Si describo esto, es para que tengan una idea de dónde vengo yo, que no pretendo ser el protagonista nato de esta historia, la protagonista será otra.
Sólo quiero que entiendan que hay veces que el querer es el que menos quiere interferir en una decisión y optamos por lo absurdo de la situación.
Destinado quizá desde un principio de mis días a vivir y construir mis mundos de fantasías, en mundos de todos y de nadie. Cochas era uno de esos mundos de todos y de nadie y de rebote un hermoso paraíso terrenal, era un mundo donde sobrevivía el más fuerte; allí las cosas se las arreglaba con machete en mano o cañón de escopeta en la panza. Es común ver allí a la gente con carabina al hombro, un machetillo fajado a la cintura, algún puñal escondido entre sus ropas y una botella de aguardiente bajo el brazo. Y como quien dice, allí manda el que más ronca.
Dicen que mi abuelo materno era una bestia, un animal, como decían allí; a todos los que se le interponían en sus asuntos los acuchillaba, es por eso que se ganó el apodo de “Cuchillo. Con el tiempo mis primos, mis hermanos y yo, mis hermanos y mis primos más que yo, pasarían a ser llamados los “Cuchillos Reyes”. Pero hay quien dice que ese sobrenombre se lo ganó el papá de mi abuelo materno, por sus habilidades médicas, que le decían “él es un cuchillo curando”. Cualquiera que haya sido el motivo lo cierto es que allí dominaba el más fuerte y hábil para el machete.
Tiempos después (Yo debía tener unos tres años; recuerdo la quebrada que pasaba por detrás de la casa de mis padres, digo de mis padres porque siento que nunca me perteneció. Otros la llamarían nuestra casa, o más insolentes todavía, MI casa.), recuerdo, aún niño, zambullido en las aguas diáfanas de la quebrada, enfriando las ampollas de una de las piernas, causadas por las quemaduras de agua hirviendo. Ese es el recuerdo más remoto que tengo: estar zabullido en la quebrada enfriando las quemaduras de mi pierna, que sobresale entre realidad, fantasía y sueño; sé que es realidad por las leves cicatrices que aún tengo en la pierna.
¿Cómo me quemé? Me quedé dormido sobre el poyo que quedaba cerca del fogón, donde nos sentábamos a calentarnos del frío invernal. Debí de manotear o algo así, pero la olla de barro con agua hirviendo se me volteó. Recuerdo que una vecina, mi tía política (...era una tía materna casada con mi tío materno ¡sí!) me curaba las ampollas aplicando manteca aliñada (la manteca aliñada era una mezcla de achote, ajo, cebolla blanca y manteca: este menjunje era utilizado como colorante para las comidas).
Mis recuerdos siempre están ligados a la frialdad de mi madre para conmigo. Debía de tener unos cuatro años cuando ella me tenía como herramienta de préstamo: Alguien llegaba a la casa, pedía a uno de nosotros para que le acompañe y el elegido era yo. Yo era la compañía de la soledad o en realidad yo era la soledad que iba buscando compañía. Entre ese acompañamiento sobresale en mi memoria las compañías a la señora Clotilde, hermana de mi abuela paterna; no está por demás decirles que era alcohólica. Solía despertarse, plantar la olla de barro en el fogón hasta que la leña se encendiera, y las escasas veces en que la leña se encendía, antes de que hirviera el agua ella ya estaba tendida en el piso, babeando de borracha, con el galón de aguardiente de caña en la mano: Ni dormida ni despierta lo aflojaba.
La casa de la señora Clotilde quedaba en una loma, al otro lado del río. Allí yo solía esperar a mis hermanos que regresaban de La Macarena (La Macarena está dentro del mismo Cochas, pero más al páramo; era el único lugar donde venían profesores, mis hermanos iban allí a la escuela). Por la ley del camino mis hermanos pasaban por la casa de Clotilde… Hubo veces que me llevaron, creo yo; pero lo que sí recuerdo es que, muchas de las veces, yo caminaba hasta el río que baja desde la laguna de Quinuas y atraviesa Cochas; ahí me quedaba sentado hasta quedarme ronco de llorar. La casa de Clotilde quedaba a un lado del río y la casa de mis padres al otro lado. Para cruzar el río apenas había un palo redondo y delgado; había que ser algo malabarista para cruzar o sino al fondo del río. Allí me quedaba sentado a orilla del río, en unos potreros verdes de mi abuelo materno, hasta quedarme ronco, pues tenía miedo de caminar por el puente o por el palo, para ser más exacto; luego regresaba a emborracharme con el aliento o el vómito de Clotilde, a hablar con una lora vieja que ella tenía. Las veces que mis hermanos me llevaron a casa me regresaban con la misma fuerza con la que llegaba… Realmente, desde pequeño, he sido un boomerang humano.
Otro de los recuerdos que persiste en mi memoria, tan lejano y remoto, pero presente a la vez en mis recuerdos, más claro que los otros, es el momento definitivo, el momento en que me separaría de mi madre para siempre; de mi madre real.
Nos encontrábamos todos mis hermanos alrededor del fogón, donde años atrás se me había derramado la olla con agua hirviendo, y allí estaba mi tío Luis Heras, hermano de mi madre, casado o reunido o juntado, como quieran llamarlo, con mi abuela paterna, por supuesto, muchos años después que a mi abuelo Jacinto Reyes lo matara un hermano de mi abuela paterna en complicidad con la abuela de mi papá, de una cuchillada en el corazón. A pesar que nunca conocí a mi abuelo, a pesar de estar muerto, siento que lo quiero mucho, o será que es sólo ese amor que siempre he sentido por los muertos, tan callados e indiferentes. Cuando era niño solía tener miedo a los muertos y a la soledad, a los cinco o seis años alguien me hizo tocar un muerto y desde allí nunca he vuelto a tenerles miedo; tampoco a la soledad, pues me siento en compañía de los muertos, de los fantasmas.
Desde entonces he hablado con ellos, con mi abuelo, con mi tía, mi tío (mi tía Zoraida y mi tío Ruperto a ninguno de los dos les conocí; ambos se suicidaron, pero siento que son los únicos que están conmigo); luego vinieron mis amigos muertos. Cuando era niño solía alejarme de la casa de mi abuela y hablar conmigo mismo, pero en realidad creía que ellos, los muertos, mis muertos, a los que yo amaba, me escuchaban y me contestaban; aún hoy hablo dirigiéndome a ellos. (En los tiempos en que llegó a vivir a la casa de mi abuela, mi primo Rodrigo solía inventarme mundos enteros, vidas completas, con tal de excusarme de cualquier cosa que mi abuela me mandara a ver o hacer; por ejemplo: me mandaba a misa y yo no entraba, me inventaba o mentía lo que el cura había dicho. Siempre tuve miedo de entrar a las iglesias, las imágenes me asustan).
Bueno, estábamos todos mis hermanos (es lo que pienso, pero de cierto no estaba sólo yo) no todo los actuales, sino los de entonces que seríamos yo, el cuarto, mi hermana Olga, la tercera, mi hermano Kléber, el segundo, mi hermano Leonardo, más conocido como Antonio (con este último, en mis últimos momentos he tenido buenas relaciones). Si falta alguno que estuvo presente y no lo recuerdo, le pido disculpas y además no es de ellos de lo que quiero hablar ni de mí, sino de ella. Estoy tratando de revivir la memoria del niño que fui.

ESTE TÍO MÍO, ALCOHÓLICO
Yo, entonces niño, ignoraba su presencia, que la percibiría muy tarde. Era común allí que llegaran de viaje los parientes a que les dieran de comer; aunque recuerdo que mi madre era mezquina. Algunos parientes nos llevaban galletas...

martes, 14 de julio de 2009

Estación de Ceniza

Cuento

Por: Raúl Serrano Sánchez.

Después de ti
Nunca más
Un día siguiente.
IVÁN OÑATE

DE LAS VERSIONES sobre el fin de los abuelos, creo en la que pocos o nadie de la familia ha querido reparar ni darle crédito. Es la que me contaron Valdo, el pintor, y su mujer Dulce, con quienes los viejos compartían parte de sus días y un ala de la casa repleta de cuartos y objetos muy importantes para los viejos. Además son testigos que a la hora de los recuerdos, no tienen por qué mentir.
Según Valdo, a los abuelos no les agradaba mucho que los visitaran sus hijos y algunos nietos, sobre todo (los afectos no tenían mucho que ver) porque eso implicaba dejar de lado los ritos que realizaban a determinadas horas del día como desayunar, salir a comprar el periódico, recibir el sol en el patio, pasear por ese pequeño bosque que está cerca de la casa, recoger hojas y cazar mariposas que nunca las disecaban, porque tenían una sala repleta de ellas, o sentarse como siameses a mirar la televisión comiendo canguil. Además (se lo había contado la abuela a Dulce una tarde de té y galletas de avena) eran los mismos hijos que no desmayaban ni un minuto por convencerlos de que no debían seguir ocupando semejante casa, que lo mejor era que compartieran con otros ancianos, así no se iban a sentir deprimidos o solos, y la familia los visitaría puntual cada domingo, más a la mano.
A los abuelos (Celia y Julio César) la ausencia de sus parientes no llegó a preocuparles lo suficiente después de que en cierta ocasión llegaron con camiones y hombres que a la fuerza vaciaron la casa, los amarraron y los metieron a un automóvil, e incluso (esto se lo contó Julio César a Valdo, mientras el pintor ocultaba unos cuadros que no quería que Dulce los descubriera) les advirtieron que la casa, espaciosa y llena de muchos recuerdos, pronto estaría en venta, y que ellos no tenían que opinar nada porque estaban chochos, casi que acabados.
De ese ataque el abuelo se quedó sin gran parte de su colección de barquitos, carros antiguos en miniatura, y una porción de las mariposas que huyeron despavoridas; igual ocurrió con los vestidos que la abuela Celia perdió y que a duras penas recuperó después de tanto rogarle a los hijos que se los devolvieran. Además —palabras de una de las hijas mayores— eran vestidos atrevidos y ridículos que una señora respetable no tenía por qué estar usando, ¿entiende, usted? Lo único que sabía la abuela era que con esos vestidos el abuelo no se sentía triste por nada del mundo, incluso cuando ella los lucía era cuando se encontraban en la sala entre la luz de los candelabros, en el viejo tocadiscos cantando Gardel, El día que me quieras..., y la abuela pintada como lo hizo de joven, el abuelo demostrando que sus destrezas para el baile no se habían marchitado.
Valdo los veía sin que ellos supieran que eran espiados, no porque quisiera hacerlo, sino porque eran parte de los cuadros que en ausencia de Dulce pintaba, tratando de capturar a sus vecinos para siempre. Los abuelos bailaban hasta que se quedaban sin ropa, cobijados por la luz de los candelabros, sus palabras vueltas a resucitar, entonces Julio César sacaba de un escondite secreto un pequeño maletín de médico, lo abría con ansia, tembloroso, tratando de ser delicado, disponía las hipodérmicas sobre la mesa, mecía un frasco con una sustancia blanquecina que le abría los ojos del deseo de un tajo, mientras Gardel no dejaba de repetir acaricia mi ensueño/ el suave murmuulloo de mi suspirarr... La abuela jadeaba, tirada sobre esa mesa de centro como una sirena fuera del agua, el abuelo esbozando una sonrisa de complacencia, anuncio de que la dicha les llegaría total, y que se acercaba como un ángel salvador. Celia le daba el brazo mientras él le aplicaba su dosis, luego ella hacía lo propio con el abuelo, la mesa era un bajel que los llevaba por todos los mares del mundo, jadeaban, el abuelo aullaba como un lobo, Celia mudaba de voz, decía cosas del cielo, entonces Gardel flotaba en el silencio mientras que ellos combatían cuerpo a cuerpo hasta que los candelabros se apagaban, y Valdo, libreta en mano, no se perdía ningún gesto, sobre todo los que tenía que suponer porque no los veía, porque la ventana de su estudio confabulaba.
Muchas veces se preguntó (Dulce le dio algunas pistas) si en el fondo los abuelos eran conscientes de que contaban con otros ojos, un testigo que, de saberlo frente a ellos, los llenaba de nuevas energías, quizá ni siquiera hubieran requerido de las inyecciones, esas dosis de las que el abuelo sostenía que eran insulina para su diabetes.
Los viejos sabían que, de enterarse la familia, terminarían en un asilo miserable, rodeados de fantasmas, de hombres y mujeres que ya ni si-quiera pueden atreverse a insultar al diablo, o a pedirle a Dios algo que pudiera devolverles la decencia perdida. Celia le había contado a Dulce de aquella ocasión en que los hijos cayeron de sorpresa a celebrarles uno de sus cumpleaños. Al empujar la puerta, las mujeres se desmayaron, los hombres se quedaron mudos e idiotizados al encontrarlos tirados en medio de la sala, desnudos, como si hubieran sido violados o atacados por una horda de asaltantes o pandilleros. Entonces dispararon sus gritos al cielo, los abuelos lograron reaccionar y cubrir las evidencias a tiempo, aunque ciertos olores fueron justificados como parte del calcio que debía tomar Celia por la artritis. Los hijos volvieron a insistir, a veces rayando en la hostilidad, que debían salir de ahí, que ese caserón y la soledad podía acabarlos o cualquier momento ocurría lo peor, ¿entienden?
- No vamos a salir de aquí jamás. Esta es nuestra casa. ¿Comprenden ustedes?- respondió el abuelo temblando y enrojecido de ira.
Alguna ocasión en que Valdo abordó a Julio César por el jardín, le contó de los cuadros en los que trabajaba; le comentó que se trataba de la historia de una pareja que desde niños habían prometido ser como un nudo, y que nada ni nadie echaría abajo esa promesa; le describió las escenas en una sala donde a la luz de los candelabros ellos volvían a ser los jóvenes e indoblegables amantes de antes, que sus cuerpos no sólo destilaban deseos sino que de ellos brotaban mariposas multicolores, y que no necesitaban de ninguna otra droga que no fueran sus caricias, quizá escuchar un bolero o un tango para que todo vuelva a empezar.
- ¡Qué afortunados! -apuntó el anciano-. Al menos esos no temían ser locos ni la gente creía que eran unos pervertidos.
Para Dulce eso era invadir territorios sagrados. Valdo sostenía que no, que él también era parte de ese ritual, de ese territorio, que sólo pretendía hacerle saber a Julio César —y no porque quisiera entrometerse en su vida sino porque deseaba confirmar si ellos sabían que tenían un testigo privilegiado que a la vez era el cronista de sus combates— de esa guerra en la que Valdo más de una vez se veía como protagonista, incluso algún momento en que pintaba cierta escena paró porque tuvo la revelación de confirmar que parte de su futuro le estaba siendo anunciado.
Dulce no lo creyó así, quizá porque no había visto (era parte de los acuerdos) los cuadros de Valdo, sólo los encuentros de los abuelos que en el silencio de la noche los empujaba (a Valdo y a Dulce) a renunciar al cansancio, a romper con las postergaciones mientras que Gardel volvía a cantar El día que me quieras/ kt rosa que engalana..., y la abuela aullaba, Dulce haciéndole eco, Valdo pensando que era el momento en que el abuelo corría entusiasmado, con esa alegría del niño que descubre lo prohibido, a sacar su maletín y preparar los instrumentos con los que volvía a ingresar a ese ritual del que Valdo había trazado una y mil escenas, de pronto demasiadas como para no querer compartirlas durante mucho tiempo con nadie, ni siquiera con Dulce (era su superstición) que en su desnudez le preguntaba lo que suponía que la abuela le consultaba a Julio César hace siglos, o en ese momento cuando la lluvia se desataba afuera y de Gardel sólo quedaba un eco leve que se fundía con el canto de los primeros pájaros de la mañana.
Dulce se entendía muy bien con la abuela Celia, a quien los sábados temprano le gustaba ocuparse del jardín, tratar de encontrar una mariposa distinta que contentara al abuelo. Dulce se preguntaba si todos los que salieron de ese cuerpo, hoy convertidos en enemigos, tendrían el mismo lugar en los recuerdos de Celia y su marido. De pronto no era necesario escarbar, bastaba con saber que en las paredes de la sala colgaban las fotografías de los hijos y los nietos respondiendo a distintas épocas y a todas las preguntas que Valdo intentó contestarle a Dulce, quien una medianoche despertó sudorosa, temblando, echando gritos que el pintor tuvo que dejar los pinceles a un lado para atenderla, sosegarla con sus palabras y caricias olorosas a resina. Dulce clavó sus ojos grandes como los de Sofía Loren en el rostro de Valdo, que se quedó callado, pensando si en el delirio o la pesadilla de su mujer ella había llegado a adivinar, a encontrarse con las criaturas de todos los cuadros que pintaba a sus espaldas, sin saber qué hacía fuera de casa, en esas reuniones de las que Dulce retornaba cansada, ya ni siquiera dispuesta a preguntarle si había avanzado en los cuadros porque era una pregunta monótona, un lugar común, prácticamente algo sobrentendido. Valdo pensó que ese día del que tanto le había hablado estaba por llegar, que sólo era cuestión de esperar, incluso los abuelos estarían ahí como invitados especiales. Dulce era una muñeca de yeso, sus ojos cambiaban de color; entonces Valdo creyó encontrar al fondo un breve aleteo de mariposa, le preguntó lo obvio, lo inevitable. Dulce reaccionó moviendo la cabeza afirmativamente: en el sueño había dos personas, se encontraban cara a cara, no decían sus nombres, sólo querían huir de quienes pretendían enclaustrarlos por malvados, indecentes, por hacer perversidades, como si no tuvieran nietos; refundirlos en una mazmorra como las de la inquisición; los escuchaba musitar una música deplorable, dolorosa, lastimera; Dulce les preguntaba qué podía hacer por ellos, pero sus respuestas no le llegaban, entonces se esforzaba por derribar una puerta infame, por encender un candelabro, pero cientos de mariposas convertidas en murciélagos, en pájaros siniestros la atacaban, pretendían devorarle los ojos para que no viera más, los oídos para que no escuchara esos ruegos y lamentos que la llenaban de rabia, que la ponían a gritar el nombre de Valdo sin que él le respondiera, ni siquiera si estaba ahí o no, en medio de ese cuadro que creyó que no le pertenecía, más aún cuando Gardel volvió a El día que me quieras..., y Valdo agarrando las manos de Dulce le propuso caminar hacia la ventana del estudio para espiar a los abuelos bailando tango a la luz de los candelabros, desnudos como un par de adolescentes salvajes, alucinados, devorándose como hambrientos hasta que el efecto de la dosis que se aplicaban los lanzaba al sofá o al piso como los sobrevivientes de un naufragio, quizá el último, el que Dulce vislumbró (versión que nadie aceptará) esa misma noche en la que Valdo se convenció (los abuelos se desplomaron como partidos por un rayo) de que no tenía que enseñarle ningún cuadro, que todo estaba de más.


(Quito/mayo/2001, septiembre/2004)

Raúl serrano Sánchez

Raúl Serrano Sánchez (Arenillas, El Oro, 1962). En los ochenta integró el taller íterario Lapequeñalulupa y estudió comunicación social en la Universidad Central Ecuador; realizó estudios de maestría, Mención Literatura Hispanoamericana en Universidad Andina Simón Bolívar. Integra el Consejo Editorial de las revista de creación literaria Eskeletra y Kipus. 1988 obtuvo el premio nacional de "Juegos Florales" de Ambato. Con “Las Mujeres están locas por mí”, se hizo creedor al tercer premio en el Concurso Nacional de Cuento "75 Años de Diario El Universo", 1996; y al Premio Nacional "Joaquín Gallegos Lara" (Municipio de Quito, 1997) al mejor libro publicado en el año. En el 2003 obtuvo el III Premio en la Bienal de Cuento "Pablo Palacio". En el 2004 el II Premio en el Concurso Nacional de Cuento convocado por Hogar de Guayaquil. Ha publicado: “Los días enanos”, cuentos, 1990; un puñado de notas críticas en el índice de la narrativa ecuatoriana, 1991; “Pedro Jorge Vera: Los amigos y los años. Correspondencia, 1930-1980 (2002)”. Consta en las antologías: En busca del cuento perdido, 1996; Antología básica del cuento ecuatoriano, 1999; Nuevos proyec¬tos de escritura ecuatoriana (Hispamérica, 2000) y en la Antología esencial -Ecuador siglo XX- El cuento (2004). Junto a Iván Oñate, preparó el portal para internet de la Panorámica de la Literatura Ecuatoriana del siglo XX (Quito, 2000).